Camino Discipular Misionero

La participación

Consejo Arquidiocesano de Evangelización

Hora intermedia: Tercia

Miércoles 14 de octubre de 2026 · Semana XXVIII del Tiempo Ordinario · Salterio, semana IV

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Invocación inicial

Presidente

V.Dios mío, ven en mi auxilio.

R.Señor, date prisa en socorrerme.

V.Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R.Como era en el principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Monición

Monición inicial

Un lector

Hermanos: vamos a rezar la hora tercia de la Liturgia de las Horas, la oración pública de la Iglesia, con los salmos y la lectura que corresponden hoy. No los hemos elegido nosotros ni los hemos ajustado a nuestro tema: los recibimos tal como la Iglesia los propone, abiertos a lo que el Señor quiera decirnos hoy en su Palabra.

Otro lector

Nos reunimos a la hora tercia, la hora en que el Espíritu Santo descendió sobre la primera comunidad, para orar con una pregunta que atraviesa nuestro Camino Discipular Misionero: ¿qué significa participar? Traemos esa pregunta a esta oración y con ella vamos a escuchar los salmos y la Palabra de hoy, sin forzarlos, dejando que sea la Palabra la que responda.

Otro lector

Hoy la palabra «participar» suena sobre todo a lenguaje político: tener voz, ser consultado, que nadie quede excluido. Es algo bueno y necesario. Pero la fe cristiana dice algo mucho más hondo: Dios nos ha hecho «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1,4). Ser hijos en el Hijo es compartir la vida misma de Dios, no solo recibir un turno para hablar.

Otro lector

Así lo entendió san Ireneo de Lyon, en el siglo segundo, frente a maestros que se decían cristianos pero enseñaban que la salvación era un conocimiento secreto, reservado a unos pocos. Ireneo respondió que Cristo, por su inmenso amor, se hizo lo que nosotros somos para hacernos lo que Él es. Es el admirable intercambio: Dios participa primero de nuestra humanidad, para que nosotros participemos de su vida y de su obra. Por eso participar es, primero, dejarse alcanzar por lo que Dios ya decidió compartir con nosotros; y solo después, como respuesta, comprometer la propia vida en esa obra.

Otro lector

Abriremos la oración invocando al Espíritu Santo, que descendió sobre la primera comunidad en esta misma hora, con el himno «Ven, Espíritu Santo, luz y gozo». No lo cantaremos: lo rezaremos todos juntos, a una sola voz. Es el Espíritu quien nos hace partícipes de la vida de Dios y quien de muchos nos hace un solo cuerpo (1 Co 12,13).

Otro lector

Los salmos que vamos a rezar, propios de esta hora, nos van a mostrar las dos caras de ese don: un Dios que enseña su camino antes de pedir nada, y un Dios que ve y sostiene a quien se siente dejado de lado.

Otro lector

Que el Espíritu Santo nos enseñe, en esta oración, a acoger la llamada y a dar espacio a los demás.

Todos

Himno

«Ven, Espíritu Santo, luz y gozo»

Todos

Ven, Espíritu Santo, luz y gozo,
Amor, que en tus incendios nos abrasas:
renueva el alma de este pueblo tuyo
que por mis labios canta tu alabanza.

En sus fatigas diarias, sé descanso;
en su lucha tenaz, vigor y gracia:
haz germinar la caridad del Padre,
que engendra flores y que quema zarzas.

Ven, Amor, que iluminas el camino,
compañero divino de las almas:
ven con tu viento a sacudir al mundo
y a abrir nuevos senderos de esperanza. Amén.

Salmodia

Salmo 118, 145-152

Estrofa XIX · Qoph

Otro lector

Este fragmento forma parte del salmo más largo del salterio, enteramente dedicado a la ley de Dios. Y conviene entender bien esa palabra: la torá no es, ante todo, un código impuesto desde fuera, sino una instrucción, un camino, la sabiduría del mismo Dios compartida con su pueblo. Mucho antes de la Encarnación, Dios ya quería que Israel participara de su propia manera de ver, de querer y de amar. La ley fue una primera forma, real aunque parcial, de ese mismo gesto que después, en Cristo, llegaría hasta el extremo.

Otro lector

Por eso el salmista no obedece primero y después es salvado: clama con todo el corazón, pide ser salvado, para entonces poder guardar los mandatos. Dios actúa primero; la participación es respuesta. Es la misma lógica que descubrimos en san Ireneo: Dios se hace lo que somos para hacernos lo que Él es. Aquí, siglos antes, Dios ya compartía su palabra para que su pueblo caminara como Él camina.

Otro lector

Recemos este salmo reconociendo que participar empieza siempre por recibir, antes que por cumplir.

Otro lector

AntífonaA ti grito, Señor; espero tus palabras.

Todos

Te invoco de todo corazón;
respóndeme, Señor, y guardaré tus leyes;

a ti grito: sálvame,
y cumpliré tus decretos;

me adelanto a la aurora pidiendo auxilio,
esperando tus palabras.

Mis ojos se adelantan a las vigilias de la noche,
meditando tu promesa;

escucha mi voz por tu misericordia,
con tus mandamientos dame vida;

ya se acercan mis inicuos perseguidores,
están lejos de tu voluntad.

Tú, Señor, estás cerca,
y todos tus mandatos son estables;

hace tiempo comprendí que tus preceptos
los fundaste para siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.

AntífonaA ti grito, Señor; espero tus palabras.

Salmodia

Salmo 93, primera parte

Versículos 1-11

Otro lector

El Salmo 93 tiene dos movimientos, y por eso la liturgia lo divide en dos partes. En esta primera, el salmista clama contra los que oprimen a la viuda, al forastero y al huérfano, y añade algo más grave que la injusticia misma: dicen que el Señor no ve, que el Dios de Jacob no se entera. Es la queja de quien se siente, o hace sentir a otros, fuera del alcance de Dios.

Otro lector

La respuesta del salmista es tan sencilla como contundente: el que plantó el oído, ¿no va a oír? El que formó el ojo, ¿no va a ver? Quién mejor que el Creador para percibir a los que otros dan por invisibles.

Otro lector

Recemos este salmo preguntándonos a quién, en nuestras comunidades, damos por no visto, por no contado.

Otro lector

AntífonaEl Señor sabe que los pensamientos del hombre son insustanciales.

A dos coros

Dios de la venganza, Señor,
Dios de la venganza, resplandece.

Levántate, juzga la tierra,
paga su merecido a los soberbios.

¿Hasta cuándo, Señor, los culpables,
hasta cuándo triunfarán los culpables?

Sueltan la lengua profiriendo insolencias,
se jactan los malhechores;

trituran, Señor, a tu pueblo,
oprimen a tu heredad;

asesinan a viudas y forasteros,
degüellan a los huérfanos,

y comentan: «Dios no lo ve,
el Dios de Jacob no se entera.»

Enteraos los más necios del pueblo,
ignorantes, ¿cuándo discurriréis?

El que plantó el oído, ¿no va a oír?;
el que formó el ojo, ¿no va a ver?;

el que educa a los pueblos, ¿no va a castigar?;
el que instruye al hombre, ¿no va a saber?

Sabe el Señor que los pensamientos del hombre
son insustanciales.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.

Todos

AntífonaEl Señor sabe que los pensamientos del hombre son insustanciales.

Salmodia

Salmo 93, segunda parte

Versículos 12-23

Otro lector

La primera parte preguntaba si Dios ve a los que otros ignoran. Esta segunda responde: no solo los ve, los enseña. «Dichoso el hombre a quien instruyes, Señor, y le enseñas tu ley». Es la misma palabra, torá, que acabamos de rezar en el salmo anterior: Dios no deja a los suyos en la intemperie, los forma con paciencia. Así lo expresó san Ireneo: el Verbo se hizo hombre para acostumbrar al hombre a recibir a Dios, y a Dios a habitar en el hombre.

Otro lector

Y el salmo cierra con una promesa que responde a la duda del comienzo: el Señor no abandonará a su pueblo ni desamparará su heredad. Quien parece olvidado no lo está.

Otro lector

Recemos este salmo con la confianza de quien se sabe visto, enseñado y sostenido.

Otro lector

AntífonaEl Señor será mi alcázar y mi roca de refugio.

A dos coros

Dichoso el hombre a quien tú educas,
al que enseñas tu ley,

dándole descanso tras los años duros,
mientras al malvado le cavan la fosa.

Porque el Señor no rechaza a su pueblo,
ni abandona su heredad:

el justo obtendrá su derecho,
y un porvenir los rectos de corazón.

¿Quién se pone a mi favor contra los perversos,
quién se coloca a mi lado frente a los malhechores?

Si el Señor no me hubiera auxiliado,
ya estaría yo habitando en el silencio.

Cuando me parece que voy a tropezar,
tu misericordia, Señor, me sostiene;

cuando se multiplican mis preocupaciones,
tus consuelos son mi delicia.

¿Podrá aliarse contigo un tribunal inicuo
que dicta injusticias en nombre de la ley?

Aunque atenten contra la vida del justo
y condenen a muerte al inocente,

el Señor será mi alcázar,
Dios será mi roca de refugio.

Él les pagará su iniquidad,
los destruirá por sus maldades,
los destruirá el Señor, nuestro Dios.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.

Todos

AntífonaEl Señor será mi alcázar y mi roca de refugio.

Lectura

Lectura breve

1 Corintios 10, 24. 31

Otro lector

Ninguno procure lo propio, sino lo del otro. Tanto si coméis como si bebéis o hacéis cualquier cosa, hacedlo a gloria de Dios.

Silencio

Otro lector

V.Es bueno dar gracias al Señor.

R.Y tañer para tu nombre, oh Altísimo.

Reflexión

Reflexión sobre la Palabra

Otro lector

Pablo escribe a los corintios sobre una cuestión muy concreta: si pueden comer carne ofrecida a los ídolos. Para él, comer no es un acto neutro: es participar. «El pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un mismo pan» (1 Co 10,16-17). Quien participa en la mesa de los ídolos entra en comunión con ellos y no puede participar a la vez en la mesa del Señor (cf. 1 Co 10,20-21). La lectura de hoy da la vuelta al criterio: «Ninguno procure lo propio, sino lo del otro». Participar no es ejercer un derecho: es entrar en comunión, y esa comunión obliga a buscar el bien del otro.

Otro lector

¿Qué significa, entonces, participar? La Escritura usa una expresión audaz: Dios quiere que lleguemos a ser «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1,4). Eso es la filiación: por el Bautismo somos hijos en el Hijo y vivimos de la vida misma de Dios. Aquí participar no es ocupar un lugar dentro de una estructura, sino recibir parte de una vida que no es nuestra. Por eso san Ireneo pudo decir que Dios se hizo lo que somos para hacernos lo que Él es: el intercambio no reparte oportunidades, comparte una vida.

Otro lector

La idea política de participación es valiosa y no podemos renunciar a ella. El papa León XIV nos recordó que, sin excluir a nadie, todos estamos llamados a participar. Pero en su forma política participar significa, sobre todo, abrir un espacio: alzar la mano, depositar un voto, acudir a una invitación. Quien abre el espacio sigue donde estaba: da acceso, pero no se da a sí mismo. La fe cristiana añade una pregunta más honda. No solo ¿quién puede entrar?, sino ¿qué se comparte? Y lo que Dios comparte no es una oportunidad: es su vida. Incluir es necesario, pero no basta.

Otro lector

El método con el que Dios nos hace partícipes es el abajamiento. Pablo lo canta en la carta a los Filipenses: Cristo, siendo de condición divina, no consideró codiciable aferrarse a su igualdad con Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomó la condición de siervo y se hizo semejante a los hombres (Flp 2,6-7). Sin dejar de ser lo que era, pasó a ser lo que no era. Dios no nos hace participar desde arriba, concediendo permisos, sino bajando hasta donde estamos. Y es significativo que Pablo introduzca ese himno pidiendo que nadie busque su propio interés, sino el de los demás (Flp 2,4). Participar, para Dios, cuesta: es despojarse.

Otro lector

Hay una manera de vaciar todo esto sin darnos cuenta. Francisco la llama «mundanidad espiritual»: buscar, bajo apariencias religiosas, no la gloria del Señor sino la gloria humana y el bienestar personal (Evangelii gaudium, 93). Es peligrosa porque no se nota: por fuera todo parece en orden. Por eso la juzga «infinitamente más desastrosa» que cualquier otra mundanidad simplemente moral. Tiene dos rostros, que ya conocía san Ireneo cuando respondía a cristianos que se creían superiores por lo que sabían. El gnosticismo encierra la fe en el saber o en la experiencia propia; el neopelagianismo confía en las propias fuerzas y, en lugar de evangelizar, se dedica a analizar y clasificar a los demás (Evangelii gaudium, 94). Ninguno de los dos, dice Francisco, muestra verdadera preocupación por Jesucristo ni por los demás. En ambos, nadie se abaja.

Otro lector

De aquí se desprenden tres actitudes para nuestro trabajo en el Consejo. No somos inmunes: los planes, las estadísticas y las reuniones también pueden volverse una manera refinada de buscar la propia gloria o de controlar.

Otro lector

La primera es acoger la llamada: recibir antes de proponer. Como recuerda Francisco, solamente a partir del don de Dios, libremente acogido y humildemente recibido, podemos cooperar (Gaudete et exsultate, 56).

Otro lector

La segunda es abajarnos: ir adonde están los otros, en vez de esperar que lleguen a nuestra mesa, y preguntarnos quién nunca ha sido invitado y quién diría hoy que «nadie me ha preguntado».

Otro lector

La tercera es dar espacio: no hacer solos lo que podemos compartir, formar y confiar. Dios nos hace partícipes de su obra no para usarnos, sino para elevarnos.

Otro lector

Que el Espíritu Santo, que en esta hora descendió sobre la primera comunidad, nos enseñe a participar y a hacer participar.

Otro lector

En el silencio, preguntémonos: ¿a qué me aferro —mi saber, mi hacer, mi lugar— y a qué abajamiento me llama hoy el Señor?

Breve silencio

Ecos

Si el tiempo lo permite, quien lo desee comparte en voz alta un eco de lo que ha escuchado.

Oración y conclusión

Presidente

Oremos.

Señor, Padre santo, Dios fiel, tú que enviaste el Espíritu Santo prometido para que congregara a los hombres que el pecado había disgregado: ayúdanos a ser, en medio de nuestros hermanos, fermento de unidad y de paz. Por Cristo nuestro Señor.

Todos

R.Amén.

Presidente

V.Bendigamos al Señor.

R.Demos gracias a Dios.